Emprender no fue un plan… fue una necesidad de volver a vivir
Mi necesidad de libertad fue muy clara, pero al mismo tiempo, muy difícil de aceptar. Llevaba seis años dedicada por completo al hogar y la familia. Seis años de rutinas, entrega, y también de ponerme en segundo plano. Cuando la etapa más intensa de la maternidad empezó a relajarse, sentí que algo dentro de mí pedía espacio. Quería volver a ser yo, más allá del rol de madre o de ama de casa. La necesidad de recuperar mi identidad era cada vez más fuerte.
Todo empezó sin darme cuenta. Después de reformar la casa donde vivíamos, sin tener ni idea de interiorismo ni de reformas, empecé a observar que la gente que venía siempre decía lo mismo: que la casa estaba bonita, pero sobre todo, que era acogedora. Que se respiraba paz. Y ahí se me encendió una bombilla. Me di cuenta de que, sin saberlo, había conseguido crear un espacio que hacía sentir bien a las personas. Y eso me dio una señal.
No fue una decisión inmediata. Me llevó meses darme cuenta de que sí, de que quería empezar ese camino. Hasta que un día me matriculé en una escuela de diseño. Tenía 40 años. Y muchas ganas de hacer algo que fuera realmente mío.
Los estudios fueron bien hasta que llegué al proyecto final. Me quedé sin fuerzas. Me faltaba motivación, claridad, enfoque. Presenté el trabajo como pude, solo para cumplir. Y claro, no sirvió. No lo calificaron. Me dijeron que era inclasificable. Fue un golpe fuerte. Me dije a mí misma que ya estaba, que para qué seguir. Que no servía para esto, que mejor buscar un trabajo cualquiera y seguir con mi vida. Volví a la rutina de siempre, intentando convencerme de que era lo mejor. Pero la incomodidad seguía ahí. Y esa vocecita que no grita, pero no se calla, seguía hablando.
No sé cómo fue exactamente, pero un día volví a sentarme en el escritorio. Y al día siguiente también. Y luego al otro. No tenía un plan ni una meta clara, simplemente me puse a trabajar. Supongo que ya no tenía nada que perder, y eso me liberó. Día tras día, fui dándole forma al proyecto. Lo terminé. Lo entregué. Y para mi sorpresa, me pusieron un Excelente. Así, sin más. De un “esto no sirve” a un “esto está muy bien hecho”. Fue impactante. Pero sobre todo, fue una prueba de que cuando me comprometo conmigo misma, pasan cosas.
A partir de ahí vinieron muchas otras cosas. Mi primer proyecto como profesional, clientes, experiencias buenas y malas, momentos de duda, pequeñas victorias. No me considero una emprendedora de éxito, pero sí una mujer que decidió volver a ella misma. Y eso, para mí, ya es muchísimo.
Con el tiempo he entendido que emprender no va separado de la vida. Es parte de ella. No es algo que se hace desde fuera, con una web bonita y una estrategia. Es una decisión interna. Es comprometerte con lo que quieres, aunque no sepas cómo va a salir. Es elegir todos los días seguir apostando por lo que te mueve.
Desde ese momento hasta hoy han pasado millones de cosas. Ni mucho menos me siento una emprendedora de éxito, pero ahí está la verdad —al menos la mía—: que emprender no es algo que va paralelo a vivir. La vida es un viaje constante. No hay un lugar al que llegar, no hay destino. Emprender es exactamente lo mismo. Es un camino sin fin, es un cada día, es un ahora y siempre.
Poco a poco voy aprendiendo que no hay que dejar de aprender nunca. Que la vida es una creación constante. Es creatividad. Y la creatividad se esfuma en cuanto crees que lo sabes todo.